jueves, 19 de febrero de 2015

LA COMUNICACIÓN


LA COMUNICACIÓN ANIMAL

DIFERENCIAS ENTRE LA COMUNICACIÓN ANIMAL Y HUMANA



EL ROL DE LAS HUMANIDADES EN LA UNIVERSIDAD DEL SIGLO XXI


Conversatorio: "El rol de las Humanidades en la universidad del siglo XXI"

¿Por qué enseñar cursos de Historia o Literatura en la universidad? ¿Qué función cumple la discusión de textos de Filosofía o reflexionar sobre el lenguaje en la formación de los profesionales del siglo XXI? Tres reconocidos intelectuales peruanos debatirán junto con el Dr. Daniel Cassany sobre el papel que cumplen las humanidades hoy.

Panelistas:

  • Daniel Cassany Comas - Profesor de Lingüística, Universitat Pompeu Fabra de Barcelona (UPF)
  • Julio del Valle Ballón – Profesor de Filosofía y Director del Instituto de Docencia Universitaria de la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP)
  • Miguel Ángel Huamán Villavicencio - Profesor de Literatura, Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas (UPC) y Universidad Nacional Mayor de San Marcos (UNMSM)
  • Miguel Rodríguez Mondoñedo - Profesor de Lingüística, Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP)

Fecha: jueves 26 de febrero
Hora: De 3:00 pm a 5:00 pm
Lugar: Auditorio Bancalari (Campus Monterrico)

Si desea participar, sírvase registrarse en el siguiente enlace: https://docs.google.com/forms/d/1ZpT_Jw0sNR3yIhdre6oX_I3sN6jpxHtIK0RxV35fQos/viewform

Las vacantes son limitadas. Por favor, espere el correo de confirmación de su registro en el evento.

lunes, 16 de febrero de 2015

DANIEL CASSANY EN LIMA

Fotografía tomada de la página de facebook de la UPC
La Facultad de Humanidades de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas ha invitado al prestigioso investigador catalán Daniel Cassany para impartir un ciclo de conferencias sobre literacidad crítica durante la última semana de febrero. Para una información más detallada, consulte la página de la UPC.
Enlace de facebook
Página de la UPC

martes, 10 de febrero de 2015

¿TIENEN FUTURO LAS HUMANIDADES?








Por Frank Donoghue
Trabaja como profesor en The Ohio State University. The Corporate University and the Fate of the Humanities es su último libro. © The Chronicle of Higher Education
Principio del formulario

Artículo tomado de El Malpensante

Hace más de una década tuve una conversación con mi médico de cabecera sobre el libro de Bill Readings The University in Ruins. Reproduje el argumento del libro y recibí una respuesta sorprendente. “La universidad está en buena forma”, me dijo mi doctor. Se explayó diciendo que su puesto como miembro de la facultad de medicina de la Universidad Estatal de Ohio le proporcionaba flexibilidad horaria y un buen sueldo, su práctica privada lo complementaba y, más importante aún, sus estudios sobre la hipertensión, patrocinados por el gigante farmacéutico Pfizer, eran muy lucrativos.
La revelación de que mi colega veía la universidad como un medio por el cual podía trabajar para una gran corporación tuvo un efecto profundo en mi forma de pensar y en mis posteriores escritos sobre la educación universitaria. Me quedé con la sospecha de que los humanistas usan con demasiada frecuencia los términos “humanidades” y “universidad” como si fueran equivalentes. La universidad no está más cerca de encontrarse en ruinas ahora que cuando Readings publicó su libro, en 1997. 
La ecuación es omnipresente: lo atestigua la reciente iniciativa, Academia en Tiempos Difíciles, que anunció Rosemary Feal, directora ejecutiva de la Modern Language Association. Feal dijo: “No hace falta decir que la academia está pasando por uno de los períodos más difíciles de su historia”. Portavoz de varios campos en las humanidades, Feal parece suponer que “la academia” y “las humanidades” son sinónimas y que ambas necesitan protección en la economía actual.
Pero las humanidades y la universidad no son lo mismo. Desde la década de 1970, todas las disciplinas humanísticas han sufrido de falta de recursos presupuestales y carencia de un mercado de trabajo. Pero eso ocurre solo en las humanidades. La Universidad de Ohio recientemente remodeló por completo su biblioteca y construyó un centro recreativo de última generación (ahora parece que ninguna universidad lo es verdaderamente si no tiene un muro de escalada). Los sueldos de los profesores de negocios y de derecho reflejan la valoración que la universidad tiene de sus docentes: un profesor de tiempo completo en carreras de negocios gana en promedio 208.000 dólares al año; uno de derecho, 180.000, mientras el titular de una cátedra de artes y humanidades gana en promedio 108.000. La historia se repite en otras universidades: la Indiana University en Pennsylvania construyó hace poco la mayor residencia universitaria del país. Los buenos tiempos corren en la educación superior.
Lo que ha ocurrido es que el centro de gravedad en casi todas las universidades se ha desplazado tan lejos de las humanidades que la respuesta más pertinente a la pregunta “¿las humanidades sobrevivirán en el siglo XXI?” no es “sí” o “no”, sino “¿a quién le importa?”.
Tenemos que empezar por preguntar: “Si las humanidades y la universidad no son la misma cosa, ¿cuáles son las consecuencias para las humanidades?”. Si la conversación que tuve con mi médico es un indicador, las consecuencias para las humanidades no son buenas, lo que debería llevarnos a formular preguntas adicionales. Lo más importante es que tenemos que examinar nuestras disciplinas en el contexto de una historia institucional más amplia. Para los estudiantes de 1910, la pregunta “¿las humanidades sobrevivirán al siglo xx?” se habría podido responder sin problemas: “Por supuesto”. Andrew Carnegie, quien pronunció la célebre frase de que la educación en artes liberales capacitaba a un graduado para “la vida en otro planeta”, podría añadir: “Sí, pero qué lástima”. Solo puedo pensar en una persona, Thorstein Veblen, que habría dicho: “Sí, por supuesto”. Avancemos rápidamente un siglo: nadie está seguro del todo respecto a la supervivencia de las humanidades.
Examinemos en primer lugar los contenidos. Sorprendentemente (al menos para mí), el plan de estudios de 1910, aunque ha cambiado mucho, aún puede reconocerse en la actualidad. Casi todos los clásicos han desaparecido. Desde que Harvard y Yale eliminaron el griego como requisito a finales del xix, el interés de los estudiantes decayó rápidamente. En 1907, el 98% de los estudiantes que ingresaban a Yale tenían conocimientos previos de griego. En 1921, catorce años después, solo el 50% tenía conocimientos previos de esa lengua y una vez en Yale solo el 8?idía continuar su estudio. El hecho es que el plan de estudios se mantuvo más o menos intacto durante el siglo XX, pero a medida que más universidades comenzaron a ofrecer electivas y a introducir el concepto de especialización académica, los estudiantes dejaron poco a poco de estudiar humanidades.
Así, el énfasis ha cambiado de manera significativa. Un estudio publicado por Stanford University Press en 2006, sobre las tendencias de contratación en las facultades de la Comunidad Británica durante el siglo XX, lo confirma. El estudio mostró que, entre 1915 y 1995, el número total de profesores de humanidades se redujo en un 41%, mientras que en las ciencias sociales aumentó en un 222%. En ciencias naturales el número se redujo en un 12%. Si los cambios en Estados Unidos son aún vagamente comparables (y creo que lo son), entonces la participación que tienen las humanidades en el pastel universitario ha ido disminuyendo desde hace casi un siglo.
La cambiante misión social de la universidad también contribuirá a la reducción de las humanidades a medida que avancemos. A las universidades de 1910 iba una pequeña parte de la población, solo los hijos de la élite. La universidad era en la mayoría de los casos gratuita o muy barata, pero no servía para nada en la vida de la gran mayoría de los trabajadores. Actualmente, una credencial de alguna universidad es casi obligatoria para cualquier trabajo en el que se pague un salario digno. Aproximadamente 18 millones de estudiantes están matriculados, números cuyo incremento está previsto. A primera vista, podría parecer que es un buen augurio para las humanidades, pero en realidad es todo lo contrario. Las credenciales que esos estudiantes buscan, y las universidades que las conceden, habrían sido imprevisibles en 1910.
Sería difícil imaginar que una importante universidad de investigación se construyera desde cero hoy en día. Los costos están volviendo casi imposible asistir durante cuatro años a universidades y escuelas de artes liberales. Como resultado, la segunda mitad del siglo XX fue testigo de una explosión en el número de escuelas de dos años, que siguen siendo baratas y exigen menos tiempo a los estudiantes. Los community colleges están en auge. En 2009, Lone Star College, una red de instituciones de dos años en Houston, compró un gran edificio de oficinas de Hewlett-Packard para sus casi 62.000 estudiantes, número que va en aumento. Columbus State Community College, en Ohio, alcanzó este año los límites de su campus y tuvo que arrendar salones de la cercana Universidad de Franklin.
El fenómeno de los community colleges, actualmente apenas capaces de soportar el ritmo de inscripciones, ha allanado el camino para la universidad con ánimo de lucro. Aunque siempre resultan más caras, son expertas en aprovechar el sistema nacional de ayuda financiera para reclutar estudiantes pobres. En la gran mayoría de esos centros los estudiantes asisten sin tener que pagar de su bolsillo. Los contribuyentes les subvencionan, lo que sigue demostrando ser un despilfarro bastante exitoso.
Estas nuevas y prósperas instituciones prácticamente no tienen compromiso con las humanidades, sino que generalmente están orientadas hacia la ocupación. Un ejemplo terrible: en todo 2001, en la industria universitaria con ánimo de lucro se graduaron poco más de 28.000 estudiantes con títulos en administración y negocios, un poco más de 10.000 en ciencias de la salud, y ni uno solo en inglés. A pesar de la progresiva expansión de la población estudiantil, las humanidades siguen perdiendo terreno. El último año en que el 50% de estudiantes se graduó en las tradicionales artes liberales –inglés, historia, lenguas, filosofía– fue en 1970, un porcentaje mayor de lo que había sido en mucho tiempo.

Volvamos a los comentarios de mi médico sobre Pfizer. Hablan mucho de la base material de la nueva universidad. En el clima económico de los últimos cuarenta años, las universidades tradicionales se están convirtiendo en laboratorios de investigación y desarrollo y puestos de venta para las corporaciones multinacionales. Ese estado de cosas afecta más directamente a las universidades en el sector público, como documenta el meticuloso y deprimente estudio de Gaye Tuchman, Wannabe U: Inside the Corporate University. Desde la década de 1970, la educación superior pública ha dejado de ser considerada una responsabilidad cívica y se ha convertido en otro tipo de entidad. James Duderstadt, presidente de la Universidad de Michigan entre 1988 y 1996, describió crudamente la tendencia durante su mandato: “Solíamos estar apoyados por el Estado, después asistidos por el Estado, y ahora en estado de crisis”. Tiene razón. Hoy en día la Universidad de Michigan recibe cerca del 8% de su presupuesto del Estado.
Así, las universidades no han tenido otra opción que funcionar cada vez más como empresas y formar alianzas corporativas; este giro ha alterado profundamente su dinámica institucional. La investigación fue la primera en sentir los efectos. La ley Bayh-Dole de 1980 estipula que las patentes producto de investigaciones financiadas por el gobierno y realizadas por miembros de la facultad no pertenecen a los profesores, sino a las universidades que los emplean. Por supuesto, la legislación solo es relevante para el área de ciencias aplicadas, a los que pertenecen por ejemplo los estudios sobre la hipertensión. Pero la perspectiva de las patentes comercializables hace de las universidades una inversión atractiva para las empresas, que ahora tienen que negociar solo con los directivos, y no con toda la variedad de miembros de una facultad.
En términos más generales, la ley Bayh-Dole inauguró la era de las donaciones corporativas. Estas fuentes de ingresos mantienen las universidades estatales a flote. La Estatal de Ohio, por ejemplo, ocupa el tercer lugar en Estados Unidos en recaudación de donaciones corporativas. Las universidades privadas de élite, en cambio, descansan sobre las donaciones de antiguos alumnos.
El cambio en la base material de la universidad deja las humanidades completamente fuera. Las corporaciones no hacen donaciones para las humanidades porque nuestra cultura de investigación es a la vez independiente y absurda. En esencia, les damos los derechos de nuestros artículos académicos y de nuestras monografías a las editoriales universitarias, y luego se los compramos de nuevo, o exigimos que nuestras bibliotecas los recompren, con márgenes exorbitantes. Y entonces nadie las lee. El actual sistema de carrera académica nos obliga a convertirnos en productores de esas cosas que ya nadie consume. Por tanto, ¿las humanidades sobrevivirán al siglo XXI? Mi conjetura puede sorprender, a la luz de las tendencias que acabo de exponer: sí.
Se siguen escribiendo novelas inteligentes; la no-ficción de los humanistas que desafían la afiliación disciplinaria (Thomas Friedman, Malcolm Gladwell y Garry Wills, entre otros) todavía aparece en las listas de bestsellers, y brillantes películas independientes (como Quién quiere ser millonario) de vez en cuando consiguen grandes audiencias.
La supervivencia de las humanidades en el mundo académico, sin embargo, es una historia diferente. En algún punto de 2110, las humanidades aún tendrán un hogar, pero no será la universidad. Necesitamos por lo menos entrever la posibilidad de que las humanidades no necesiten instituciones académicas para sobrevivir; realmente lo hacen muy bien por su cuenta.
Algunas personas pueden argumentar que, aunque las humanidades florezcan fuera del ámbito académico, algún grupo tendrá que formar a la nueva generación de humanistas públicos en la forma de leer y escribir. Tal vez, pero no veo ninguna razón de peso para que los formadores deban ser profesores universitarios. Hubo muchos grandes poetas, dramaturgos y novelistas en Estados Unidos mucho antes de 1922, cuando la Universidad de Iowa se convirtió en la primera del país en aceptar proyectos creativos como tesis de grado. Russell Jacoby, en The Last Intellectuals, dibujó de manera persuasiva la migración de los humanistas desde el mundo de las revistas literarias a la academia. Dado que las condiciones del trabajo universitario en las humanidades se siguen erosionando, ¿qué detendrá una nueva migración hacia otros puertos?
Cuando nos planteamos la cuestión de si las humanidades sobrevivirán al siglo XXI, realmente nos estamos preguntando: “¿Las humanidades tienen un lugar en el plan de estudios de enseñanza superior?”. Ésta no es realmente una cuestión intelectual, sino una reflexión profesional, porque a los humanistas nos gustaría vernos como guardianes de los planes de estudio. Sin embargo, en realidad no lo somos ni lo hemos sido durante las dos últimas generaciones. Los planes de estudio cambian con el tiempo, y las humanidades simplemente no tienen un lugar en el currículo emergente del siglo XXI.

Artículo tomado de El Malpensante


miércoles, 19 de noviembre de 2014

EL COMENTARIO DEL TEXTO LITERARIO

En estas últimas semanas, se ha explicado cómo organizar nuestra información para la elaboración de un comentario de texto literario. En las próximas líneas, se dejará la ficha con la cual se ha desarrollado las actividades.



Por otra parte, puede basarse en los siguientes modelos de comentarios literarios.

martes, 8 de octubre de 2013

MITO O VERDAD: LA OUIJA O EL JUEGO DE LA COPA

Imagen tomada de BBC Mundo

El indicador o master del ouija y las varitas de radiestesia son apenas dos ejemplos de objetos místicos que parecen moverse solos, cuando realmente los están moviendo las personas que están en contacto con ellos.
El verdadero misterio no es la conexión con el mundo espiritual sino cómo podemos generar movimientos sin darnos cuenta de que los estamos haciendo.
El fenómeno se llama efecto ideomotor y se puede experimentar colgando un pequeño peso -como un botón o un anillo- de una cuerda, idealmente de no más que 30 centímetros de largo.
Al tomar una punta de la cuerda con una mano y estirar el brazo hacia el frente, tratando de mantenerlo completamente quieto de manera que el peso cuelgue sin obstáculos, éste empezará a girar, formando círculos pequeños.

La respuesta
Si quien lo está haciendo se hace una pregunta, cualquier pregunta, y decide que si el peso gira en un sentido de las manecillas del reloj significa "sí" y en el otro "no", a pesar de que se esfuerce por quedarse quieto, el peso empezará a girar para responder la pregunta.
¿Magia? Sólo la magia común cotidiana que es la conciencia. No se trata de una fuerza sobrenatural, sino de movimientos diminutos que la persona está haciendo sin darse cuenta.
La cuerda exagera esos movimientos, la inercia del peso permite que se conserven y se acumulen hasta que se expresan un movimiento de oscilación periódica.
Ese efecto es conocido como el Péndulo de Chevreul, en honor al científico francés del siglo XIX que lo investigó.


miércoles, 25 de septiembre de 2013

PARA RECORDAR A LOS TRADUCTORES PERUANOS

En el blog, Club de Traductores literarios de Buenos Aires, apareció esta nota, que reproduce Jorge Fondebrider, de Isabel Sabogal Dunin-Borkowski sobre el reciente trabajo del académico peruano Ricardo Silva-Santisteban. Aquí les dejo con la nota:

Breve historia de la traducción en el Perú

En marzo de este año, 2013, vio la luz el libro Breve historia de la traducción en el Perú de Ricardo Silva Santisteban. En el mismo el autor hace un recuento de las traducciones realizadas tanto en el Perú, como por peruanos en otras latitudes. Históricamente abarca desde la conquista, a través de la colonia y la República, hasta desembocar en el último libro, publicado ya en el 2013. Nos habla de las traducciones, tanto del quechua al castellano y viceversa, así como de traducciones de lenguas extranjeras al castellano. La temática principal son obras literarias en todos sus géneros, incluida la literatura oral andina y aguaruna, aunque también incluye historia y filosofía. De las diversas lenguas vertidas al castellano, las más comunes son el francés, inglés, alemán y portugués, sobre todo por la traducción de autores brasileños. Pero también se mencionan traducciones de tales idiomas como el chino, japonés, sánscrito, latín, griego, sueco, italiano, finés, danés y polaco. Entre los traductores mencionados están tales maestros del idioma como el Inca Garcilaso de la Vega, cuyo nombre aparece en la carátula del libro, Mariano Melgar, José María Arguedas, César Vallejo, César Moro o Javier Sologuren. Estos son tan sólo unos cuantos de los muchos nombres mencionados. Finalmente el autor se lamenta, comentando que hay cada vez menos traductores literarios en el Perú, debido a la falta de cursos dedicados al tema en las universidades del país. El texto va seguido de una bibliografía detallada, tanto de estudios y antologías de la traducción literaria en el Perú, así como de las publicaciones de los diferentes traductores.

"LA MEMORIA LA DA FORMA A LAS COSAS" ENTREVISTA A TOBIAS WOLFF

Imagen tomada de la Revista de Cultura la Ñ
Comparto con ustedes esta entrevista que le hiciera Andres Hax, de la Revista Ñ, a Tobias Wolff recientemente.

La obra de Tobias Wolff –considerado hace tiempo uno de los preeminentes narradores de la literatura contemporánea estadounidense– se divide en tres géneros: cuento corto, memorias y novelas. Por sus cuentos cortos, que constituyen la mayoría de su obra, en algún momento fue encasillado en una escuela denominada el “realismo sucio”, junto con Richard Ford y su amigo Raymond Carver, entre otros. El periodista Bill Bufford, editor de la revista Granta, inventó este término para designar los autores estadounidenses que, alrededor de los años ochenta, se pusieron a escribir en un estilo minimalista e híper-realista sobre vidas grises al margen del sueño americano. Aunque aplica, Wolff siempre rechazó ese rótulo.

Tanto en los Estados Unidos como en el mundo, Wolff es más conocido por su libro de memorias Vida de este chico , de 1989, en parte porque fue adaptada exitosamente al cine en 1993 con Leonardo DiCaprio y Robert De Niro en los papeles principales (debemos mencionar que, inexplicablemente, está disponible entera en YouTube). Este libro, junto con la novela Vieja escuela (2003) se deberían leer juntos, uno tras otro, porque serían algo así como dos volúmenes de la vida de Wolff –aunque una sea memoria y la otra ficción.

Los padres de Wolff se separaron cuando él era todavía un niño. Se quedó con su madre en tanto su hermano (que también terminó siendo autor y escribiendo una memoria sobre su adolescencia) se quedó con el padre. La madre de Wolff era soñadora y viajera y se mudaba con frecuencia en busca de esa gran oportunidad que le modificara la vida. Nunca la encontró. En cambio, se terminó casando con un hombre mezquino y tirano que los llevó –madre e hijo– a vivir a un pequeño pueblo industrial llamado Concreto (porque la industria exclusiva del pueblo era fabricar hormigón). Allí, Wolff pasó su adolescencia, dividiendo su tiempo entre los boy scouts y una vida llena de crónicas de delincuencia.

Se salvó de ese mundo delictivo postulando a una beca para asistir a una prestigiosa y tradicional escuela privada de la Costa Este. Pero lo hizo con trampa, falsificando cartas de recomendación y los datos de su currículum académico. Sólo duró dos años. Aunque le iba bien en las materias de letras no estaba preparado para las exigencias de las clases de ciencias y matemáticas. Fue expulsado antes de graduarse. Sin saber qué hacer de su vida y ya con la idea de que iba ser escritor, entró voluntariamente en el ejército, en plena guerra de Vietnam. Sobre su experiencia en combate escribe en otro gran libro de memorias, En el ejército del faraón , publicado en 1994.

Al terminar el ejército Wolff logró una extraordinaria hazaña entrando –esta vez por puro esfuerzo y sin trampa– a la universidad de Oxford. Allí estudió Letras. Desde entonces, su vida ha estado dedicada a la escritura. Mientras tanto se ha ganado la vida como profesor de Escritura Creativa en varias universidades de los Estados Unidos, y desde 1997 en Stanford.

Tanto en su escritura como en su apariencia y en la modulación de su voz, Wolff es un hombre medido, sobrio y contundente. Tras una adolescencia tumultuosa culminada por servicio de combate en Vietnam, se dedicó a la difícil meta de convertirse en escritor. Al final de En el ejército del faraón , Wolff escribe: “Al escribir trabajas por un resultado que durante años no conseguirás ver y no puedes asegurar que lo terminarás logrando. Requiere fuerza y maestría sobre uno mismo. Demanda estas cosas de ti, y después te las devuelve con un algo extra, una sorpresa para seguir con ese esfuerzo. Te fortalece y te limpia la cabeza. Lo sentía mientras ocurría. Me estaba salvando la vida con cada palabra que escribía.” Hablamos con Wolff por teléfono a fines de agosto, antes de su llegada a Buenos Aires invitado al FILBA. Lo queríamos aprovechar tanto como profesor de escritura como escritor en sí.

Para entender sus motivaciones al elegir en qué género va a escribir cuando encara un libro, le pregunto: ¿“Vieja escuela” podría haber sido escrita como memoria y “Vida de este chico” como novela?
Me parecía que al escribir Vieja escuela –tomaré ese caso primero–, para darle poder a esa narración, realmente necesitaba inventar y comprimir bastante. Y una vez que comienzas a inventar concientemente, tienes que reconocer lo que estás haciendo y decirte a ti mismo: estoy escribiendo ficción. Una vez que te has anunciado que estás escribiendo ficción te has dado una gran libertad. Puedes hacer o decir lo que quieras. Entonces, muchos de los eventos que ocurren en Vieja escuela nunca sucedieron. Algunos sí. Robert Frost visitó nuestra escuela, entre otros escritores. Pero inventé mucho de lo que él dice. Yo soy más joven que el narrador de mi libro. Y como un niño más joven dentro de los grados me tocó sentarme en uno de los asientos de atrás cuando vino Frost a mi colegio a dar un discurso, entonces ni escuché demasiado. Pero la invención en el libro me permitió darle una forma a la narrativa que mi experiencia verídica no hubiera tenido. Como una memoria no lo podría haber llevado al punto tan decidido como hice en la ficción. Por otro lado, me parece que mi crianza, vista de cierta manera, tenía una forma narrativa. Obviamente, siempre estamos dándole forma al pasado cuando lo describimos. Estas omitiendo cosas, estamos enfatizando otras. Y la memoria en sí misma es una narradora. La memoria le da forma a las cosas. Hay un proceso inconsciente de dar forma que ocurre aun antes de que comiences a escribir desde la memoria. Y con las elecciones que tomas, estás dando forma otra vez más. Pero en el caso de Vida de este chico no inventé. Las cosas que escribo sucedieron de verdad: de la forma que pasaron y en los tiempos que digo que pasaron. Me hice responsable de esto porque al libro iban a leerlo mi hermano, mis amigos, mi familia. En un sentido, entonces, escribí ese libro bajo la mirada de otras personas. Ellos sabían qué era verdad y qué no. Nunca discutieron mi visión de los eventos.
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DÉCIMO ANIVERSARIO DEL FALLECIMIENTO DE EDWARD SAID

Imagen tomada del Informador.com.mx
Edward Said falleció el 25 de septiembre de 2003 en Nueva York a causa de leucemia
Con motivo del décimo aniversario del fallecimiento de este notable académico, se han publicado algunos artículos que establecen una semblanza del intelectual y sus ideas. Por esta razón, comparto el artículo de Manuel Montobbio publicado en su blog "Ideas subyacentes" y la nota periodística del Informador "Legado de Edward Said continúa a 10 años de su muerte".


De los efectos del orientalismo y el reto de su superación. En el décimo aniversario del fallecimiento de Edward Said


Por:  | 25 de septiembre de 2013

Se cumplen, precisamente hoy, diez años del fallecimiento de Edward Said. Y precisamente por eso concluye hoy la aproximación al orientalismo que hemos venido acometiendo, a modo de homenaje, en anteriores entradas de este blog. Una aproximación que nos ha llevado a la consideración en éstas - De Oriente, el orientalismo y Edward Said; Del por qué, para qué y cómo del orientalismo; y De Oriente y el Islam - de su qué, por qué y para qué, cómo y dónde, tras lo que cabe preguntarse por sus consecuencias y efectos. Si entre ellas hubiera que destacar esencialmente dos, tales serían la orientalización de Oriente y la exaltación de las diferencias entre éste y Occidente. 

    Orientalización de Oriente, construcción de un espejo cóncavo a través del que lo contemplamos y de alguna manera existe, en el que existe, gracias al cual existe. En el que – nos dice Said - “un hombre oriental primero era un oriental y sólo después era un hombre”; “despojar de humanidad a otra cultura, a otro pueblo y a otra región geográfica” a partir del cual resulta posible la orientalización de Oriente. Que plantea como reto fundamental, para la desorientalización del mismo, la desconcavización o relación inversa: hacer que un hombre oriental – o de cualquier otra cultura o zona geográfica – sea antes un hombre que un oriental. Contemplar en dicha cultura, pueblo o zona geográfica a la humanidad en Oriente o donde sea, con sus especificidades, sí, pero con los sueños y angustias compartidas por todo el género humano también. 

    Exaltación y potenciación de las diferencias al tiempo que limitación de las relaciones humanas, pues “cuando se utilizan las categorías de oriental y occidental como punto de partida y de llegada de un análisis, una investigación o un asunto político… los resultados que se obtienen normalmente son, por un lado, la polarización de la distinción: el oriental se vuelve más oriental y el occidental más occidental y, por otro, la limitación de las relaciones humanas entre las diferentes culturas, tradiciones y sociedades”.

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viernes, 9 de agosto de 2013

DILEMAS ÉTICOS EN LA EXPERIMENTACIÓN ANIMAL


Esta texto de Jesús Mosterín apareció originalmente en el número 6 (2009) de la revista CIC Network y lo reproducimos en su integridad por su interés.

Muchos de los problemas éticos que plantea la investigación biomédica se refieren al uso de animales no humanos en la experimentación de laboratorio. Con frecuencia los que patrocinan o realizan experimentos traumáticos o dolorosos con animales no humanos pretenden justificarlos con el argumento de que los resultados pueden beneficiar a la salud de algunos seres humanos, como si estuviera justificado causar cualquier daño o sufrimiento a un animal no humano con tal de obtener algún beneficio para un animal humano. Desde luego, en muchos casos no se consigue ni eso. Pero lo más grave es el carácter no científico del prejuicio especieísta en que se sustenta el argumento. El supuesto de que hay un gran abismo entre los animales humanos y los no humanos, por lo que los primeros merecerían un respeto moral absoluto, mientras los segundos no merecerían respeto moral alguno, no tiene nada que ver con la visión científica del mundo.

A veces se plantea la ininteligible pregunta de en qué se diferencia el hombre del animal. No podemos preguntarnos en qué se diferencian las donostiarras de las mujeres, porque las donostiarras son mujeres. ¿En qué se diferencian los cuervos de las aves? Obviamente, en nada, porque los cuervos son aves. ¿En qué se diferencian los hombres de los animales?

Obviamente, en nada, pues los hombres son animales. Lo que sí tiene sentido es preguntarnos en qué se diferencian unas aves de otras o unos animales de otros. ¿En qué se diferencian los hombres de los cuervos? En muchas cosas; por ejemplo, en hablar y tener dientes los primeros, pero no los segundos, que sin embargo tienen pico y ponen huevos, a diferencia de los primeros. ¿En qué se diferencian los hombres de los chimpancés, nuestros más próximos parientes? Por el lado humano, en la posición erecta y la marcha bípeda, en la pinza de precisión de la mano (en que el pulgar toca a la yema de los otros dedos), en ciertas diferencias anatómicas que afectan a las caderas, rodillas y hombros, en el tamaño y ciertos detalles del córtex cerebral, y, en definitiva, en los genes y factores de trascripción que determinan esos caracteres diferenciales. Por eso, aunque ni el hombre ni el cuervo ni el chimpancé se diferencien del animal, el hombre se diferencia del cuervo, el cuervo se diferencia del chimpancé, y el chimpancé se diferencia del pulpo.

La creciente consideración moral de los animales y la preocupación por evitar la crueldad en nuestra relación con ellos han llevado a poner en entredicho gran parte de los experimentos dolorosos realizados sobre animales vivos. Muchos de esos experimentos son innecesarios y carecen de justificación.

Diversos fabricantes de productos como pintalabios o detergentes someten sus productos a pruebas y experimentos dolorosos, de los que son víctimas inocentes millones de conejos, cobayas y otros mamíferos sensibles, sometidos a torturas y mutilaciones rutinarias. Uno de los experimentos más frecuentes es la prueba o test de Draize. Consiste en aplicar dosis exageradas del producto (por ejemplo, champú) a uno de los ojos de un conejo inmovilizado por el cuello hasta producir úlceras, llagas, hemorragias y ceguera, mientras el otro ojo sirve de control comparativo.

El conejo, enloquecido de dolor, a veces se rompe la columna vertebral tratando de liberarse y escapar. En otras pruebas (las de dosis letal) se obliga a los animales a ingerir detergentes y otros productos nocivos, y se observan sus reacciones (convulsiones, erupciones cutáneas, diarreas, etc.). Parece obvio que la experimentación dolorosa con animales para fines meramente cosméticos o de limpieza es innecesaria y debería estar prohibida (en vez de requerida por la ley, como ocurre en algunos países).

De hecho, e incluso antes de que llegue la prohibición, un número creciente de clientes (sobre todo mujeres) manifestaron su oposición absoluta a que se haga sufrir tanto a animales inocentes con fines tan frívolos, y empezaron a boicotear a las empresas que toleraban tales prácticas. Como respuesta, las empresas de cosméticos más conocidas (como The Body Shop y Avon) enseguida renunciaron voluntariamente a la investigación con animales vivos y empezaron a anunciar en sus productos que ningún animal había sufrido para desarrollarlos. Que se sepa, la seguridad de los consumidores no ha salido perjudicada, con lo que ha hecho patente la inutilidad de gran parte de esos experimentos.

Otras veces la investigación es seria y científicamente valiosa, pero los resultados se obtienen a través del sufrimiento de animales inocentes, lo que da lugar a dilemas éticos peliagudos. Un caso especialmente delicado lo constituye el uso de animales en la investigación farmacológica o biomédica. Muchos experimentos son repetitivos (por ejemplo se repiten en Europa los controles con animales ya realizados en Estados Unidos), otros no sirven para nada excepto para que alguien publique un artículo mediocre exponiendo lo que ya se sabía. Los experimentos dolorosos con animales vivos, repetidos rutinariamente como meras prácticas de alumnos están prohibidos en algunos países, mientras que en otros se toleran o incluso son mandatorios. Sin embargo, hay que reconocer que algunos experimentos sobre animales vivos son necesarios para obtener conocimientos importantes, que a su vez pueden contribuir a evitar muchos dolores, tanto a los humanes como a otros animales. Es el caso, por ejemplo, de las investigaciones que, desde Pasteur y Koch, han conducido a identificar el origen de las enfermedades infecciosas y a desarrollar antibióticos y vacunas.

El uso de animales no humanos como modelos para probar fármacos y terapias tiene el inconveniente de que muchos fármacos tienen efectos distintos en especies diferentes, por lo que es peligroso extrapolar sin más de otras especies a la humana. Piénsese en el retraso inicial en el descubrimiento de la vacuna de la poliomielitis o en la tragedia de la talidomina, probada primero sólo en animales no humanos y que provocó el nacimiento de gran número de infantes deformes. El conocimiento es un bien y el sufrimiento es un mal. Por ello la curiosidad, que tiende a incrementar el primero, y la compasión, que tiende a reducir el segundo, son pasiones admirables. En las raras ocasiones en que entran en conflicto, se plantea un conflicto moral genuino, sin solución satisfactoria, entre nuestra valoración del avance del conocimiento y nuestro rechazo del sufrimiento provocado. De hecho, no siempre nuestras intuiciones morales van en la misma dirección. Y a este caso se aplican intuiciones divergentes. Varios países han introducido legislación para regular el uso de los animales en la investigación científica, así como comités para evitar los experimentos dolorosos prescindibles, pero todavía no hemos llegado (ni siquiera en el plano teórico) a una solución satisfactoria.

La vivisección

La vivisección es la disección de un animal (el cortarlo en canal o rajarlo) mientras está vivo y consciente. La polémica sobre la vivisección acompañó a la fisiología experimental desde sus inicios. Uno de sus fundadores, François Magendie (1783-1855), era un vivisector entusiasta y desorganizado. Daba sus clases a base de rajar y descuartizar a cachorros de perro vivos delante de sus alumnos, sin el más mínimo empacho ni escrúpulo. Tuvo una poco envidiable fama de sádico. A pesar de ello, descubrió que los nervios anteriores de la médula espinal son motores, mientras que los posteriores son sensoriales (llevan los impulsos al cerebro).

La polémica sobre la vivisección surgió en la época de Claude Bernard (1813-1878), que fue asistente y sucesor en la cátedra de Magendie. Miles de perros abandonados eran llevados a su laboratorio, donde eran sometidos sin anestesia a experimentos a veces muy dolorosos. No todo el mundo estaba convencido de su necesidad. Su ayudante George Hoggan escribió que la mayoría no estaban justificados. En un momento en que se encontraba sin «material» a mano, llegó a viviseccionar el perro de su hija, que no se lo perdonó. De hecho, tanto sus hijas como su mujer odiaban sus experimentos con animales, que denunciaron repetidamente. Su mujer acabó separándose de él en 1869 y sus hijas, como reparación por las barbaridades de su padre con los perros del laboratorio, donaron su dinero a las sociedades antiviviseccionistas. Una de ellas incluso fundó el célebre refugio de Asnières para recoger a los perros salvados de la vivisección.

Claude Bernard no aceptaba la teoría evolucionista de Darwin, que era quien estaba haciendo las contribuciones más fundamentales a la biología, sin torturar a animal alguno. A pesar de todo, hizo avanzar mucho a la fisiología. Estudió la acción de los venenos. Demostró que el veneno curare (empleado en Sudamérica para las puntas de las flechas) paraliza los músculos al evitar que les lleguen los impulsos nerviosos. El médico americano William Beaumont (1785-1853) había tratado a un herido de guerra al que un balazo le había abierto un gran agujero que conectaba el interior de su estómago con el exterior de su cuerpo, aprovechando la situación para analizar el contenido de su estómago bajo diversas circunstancias.

Así se inició el estudio experimental de la digestión, continuado luego por Claude Bernard mediante la creación de fístulas artificiales (tubos) que conectaban diversas partes del aparato digestivo de los perros con el exterior. Bernard mostró que el estómago no es la sede de toda la digestión, como se pensaba, sino solo su antesala. Introdujo comida directamente al inicio del intestino delgado, donde recibía los jugos del páncreas, mostrando que la mayor parte de la digestión tenía lugar en el intestino delgado y que el páncreas tiene un papel importante en la digestión (sobre todo de las moléculas de grasa). Bernard introdujo la idea de homeostasis o equilibrio interno, mostrando que la temperatura interna es regulada por la dilatación y constricción de los vasos sanguíneos, siguiendo instrucciones nerviosas. También mostró que los eritrocitos transportan el oxígeno de los pulmones a los tejidos. Extendió su idea de homeostasis a los niveles de azúcar en la sangre. En 1856 descubrió la presencia de glucógeno (una sustancia parecida al almidón) en el hígado de los mamíferos. Mostró que el hígado podía formar glucógeno a partir del azúcar de la sangre y almacenarlo como reserva, que en tiempos de carencia podía ser reconvertido de nuevo en azúcar. El glucógeno es formado o destruido en proporciones tales que el nivel de azúcar en la sangre permanece constante.

Darwin, que siempre había defendido a los animales, valoraba al mismo tiempo muy altamente el progreso del conocimiento científico, también en el campo de la fisiología. Por ello, aunque apoyó que el Parlamento inglés aprobara una ley contra la crueldad respecto a los animales, no quería que ello impidiese la investigación fisiológica.

Algunos filósofos morales que se han ocupado del tema, como Ray Frey, aceptan un uso limitado de humanes (es decir, hombres o mujeres) mentalmente subnormales y de animales no humanos como sujetos de experimentación, reconociendo, como Peter Singer, que no hay argumentos éticos coherentes para considerar moralmente más a los humanes mentalmente subnormales que a los otros animales. Los humanes en pleno uso de sus capacidades mentales, así como los chimpancés y otros animales superiores, deberían quedar excluidos de la experimentación. Por otro lado, en ciertos experimentos cruciales de la investigación médica y farmacológica, los mejores animales experimentales (los mejores modelos de la reacción humana) somos sin duda nosotros mismos, los humanes, y, después, los animales más sensibles y próximos filogenéticamente a nosotros, como los primates e incluso los mismos chimpancés, lo cual acaba de exacerbar el dilema moral.

Bernard Rollin insiste en que la práctica de la experimentación con animales presupone un juicio de valor implícito y muy discutible, en el sentido de que el pequeño conocimiento obtenido es más valioso que la vida de sufrimiento del animal. Hay que guardarse de causar daño considerable a individuos para favorecer al grupo. Hay que tratar a cada animal de experimentación como un objeto de consideración moral. John Gray ve el mayor problema relacionado con la experimentación en el hecho de que, cuanto más valiosos son los animales como modelos, tanta mayor consideración moral merecen. El filósofo moral Tom Regan toma una postura más tajante y piensa que toda experimentación dolorosa con animales debería ser prohibida sin excepción alguna.

Un caso significativo es el del filósofo canadiense Michael Fox, que en su libro The Case for Animal Experimentation (1986) trató de probar que los animales no son miembros de la comunidad moral y por tanto los humanes no tienen obligaciones morales para con ellos. En su libro Fox pretendía incluir a todos los seres humanos (incluso bebés, subnormales profundos, comatosos y otros individuos incapaces de tomar decisiones morales reflexivas) en la comunidad moral, al tiempo que excluía a todos los animales no humanos. El intento se saldó en fracaso, como el mismo Fox reconoció en sus escritos posteriores, empezando por Animal Experimentation: a Philosopher’s Changing Views(1987), en los que ha propugnado que la obligación moral básica de evitar perjudicar a los demás debe extenderse a los otros animales, por lo que ahora se opone a experimentar con ellos.

Darwin conocía las emociones de los animales, sobre las que había escrito ampliamente. Sin embargo, en las primeras décadas del siglo XX el conductismo indujo a muchos investigadores a adoptar el mito cartesiano de que los animales no son animales (seres con ánima), sino meras máquinas, por lo que no sufren ni tienen emociones, lo cual les servía de coartada para realizar sus experimentos dolorosos sin escrúpulos ni miramientos. Más tarde esta posición tan alejada del sentido común ha ido cambiando y los propios científicos implicados han ido tomando conciencia del problema.

En una reunión de los National Institutes of Health de Estados Unidos en 1996, Gerald Gebhart señalaba que el aparato de sentir dolor es el mismo en todos los vertebrados, por lo que aconsejaba a los investigadores que se guiasen por esta sencilla regla práctica: «si te duele a ti, probablemente también le duele al animal».

Ya en 1959 los biólogos William Russell y Rex Burch enunciaron la nueva estrategia sobre experimentación animal, que desde entonces ha ido siendo mayoritariamente adoptada, basada en las «tres R»: reemplazar (los animales vivos por métodos de cultivo in vitro y otros), reducir (el número de experimentos, evitando duplicaciones y mejorando el análisis estadístico) y refinar (los experimentos, a fin de minimizar el sufrimiento de los animales). Al mismo tiempo, los defensores de los animales lograron fotografiar escenas de chocante crueldad en diversos laboratorios. Cuando estas fotos fueron publicadas, la opinión pública indignada obligó a los legisladores a poner coto a tales prácticas. Así, por ejemplo, en Estados Unidos en 1966 se aprobó la Animal Welfare Act (ley sobre el bienestar animal), enmendada en 1985 para proteger más eficazmente a los primates.

En los ochenta, avergonzados y medio a escondidas, los investigadores americanos decidieron inyectar el HIV (el virus del sida) a casi 200 chimpancés nacidos en cautividad. Esperaban que fueran buenos modelos del sida humano y que enseguida murieran por la infección, por lo que no sufrirían largo tiempo. En contra de esas previsiones, los chimpancés resultaron ser pésimos modelos y ninguno se infectó durante los primeros 13 años del experimento. Los años pasaban, el dinero se acababa y los chimpancés vivían vidas miserables encerrados en edificios sin ventanas y atendidos por cuidadores en trajes «espaciales» aislantes. El experimento fue un fracaso científico y económico, y un desastre moral. Ningún enfermo humano del sida obtuvo el más mínimo beneficio de esa tremenda injusticia causada a 200 parientes próximos sensibles e inteligentes. De hecho, en América hay una población de unos 1.800 chimpancés nacidos en cautividad a disposición de la investigación, aunque no se sabe muy bien qué hacer con ellos. Los jóvenes científicos prefieren no mancharse las manos haciendo sufrir a primates tan inteligentes. Además, la ley obliga a las instituciones a velar por su bienestar, lo que sale bastante caro. Mientras tanto, los chimpancés pasan gran parte del tiempo mirando la televisión.

Sus programas favoritos son los documentales sobre chimpancés. Está emergiendo un consenso moral para excluir al menos a los primates de los suplicios de la vivisección y de la experimentación dolorosa. La mala conciencia condujo al establecimiento de pensiones vitalicias para los chimpancés sobrevivientes de los experimentos con HIV, como compensación por sus injustos padecimientos. En diciembre de 2000, el presidente Clinton firmó la ley conocida como The Chimpanzee Improvement, Maintenance, and Protection Act, aprobada por unanimidad por el Senado y por la Cámara de Representantes. El objetivo de esta ley es proporcionar un sistema de pensiones para los chimpancés previamente usados en la investigación biomédica, sobre todo en la relacionada con el HIV. Clinton declaró que la legislación aprobada «es una valiosa afirmación de la responsabilidad y la obligación moral del Gobierno federal de proporcionar un sistema ordenado que garantice un retiro seguro para los chimpancés sobrantes de la investigación federal y para satisfacer vitaliciamente sus necesidades de refugio y cuidado».

Tomado íntegramente de Cuaderno de Cultura Científica


martes, 23 de julio de 2013

DIFERENCIAS Y SEMEJANZAS ENTRE EL CEREBRO Y LA COMPUTADORA

El siguiente es un video realizado por la Universidad Politécnica de Valencia y Medianomedia, que es financiado por la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología (FECYT) del Ministerio de Economía y Competitividad. Es el primero de una serie de cinco capítulos en los que se explica las diferencias entre el cerebro y la computadora.


EL ESPIRITISMO ANTE LA CIENCIA

Video tomado de la revista Muy interesante.

Primera parte del documental




Segunda parte del documental