martes, 27 de noviembre de 2012

LAS HUMANIDADES Y "EL FUTURO IMPERFECTO"


Francisco Rodríguez Adrados, Premio Nacional de las Letras 2012/ Álvaro García (EL PAÍS)

“El ministro Wert debe saber que es importante que los jóvenes sepan de dónde venimos”. El tono de la voz de Francisco Rodríguez Adrados se habrá suavizado como consecuencia de sus 90 años recién cumplidos, pero la beligerancia en las dos batallas que libra desde hace seis décadas sigue intacta: la lucha por la permanencia del estudio de las lenguas clásicas en el colegio y el respeto al español como lengua oficial de España. Una lucha que ahora el filólogo, helenista y académico de la Lengua y de la Historia reactiva con el Premio Nacional de las Letras, concedido ayer por el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte. Un reconocimiento que Rodríguez Adrados decidió convertir en altavoz privilegiado para combatir el derrumbe de las humanidades. Con dos destinatarios claros: el Gobierno de la nación y los diferentes Gobiernos de las comunidades donde hay lenguas cooficiales.

Esa es la lucha de un hombre que ha sido premiado, según el jurado, por sus aportaciones lingüísticas (lexicografía y gramática) “mundialmente reconocidas”, así como por “sus rigurosos ensayos literarios sobre la tragedia, la fábula y otros géneros de raíz helénica. Su obra es también la de un humanista que bebe en las mejores fuentes y que es, a la vez, una de las voces más autorizadas en Europa como defensor de las Humanidades clásicas”.

Motivos por los cuales el primer mensaje del académico tiene que ver con el anteproyecto de reforma educativa que contempla la eliminación de la enseñanza de lenguas clásicas. Una lucha que el autor de Ilustración y política en la Grecia clásica viene librando desde el franquismo, al ser testigo de la manera en que disminuye y se rebaja la calidad de la enseñanza hasta llegar a lo que él llama “los tristes momentos de hoy”. Un estado que él resume en una imagen: “Es como quitar las raíces a una planta”. Y que continúa con una idea más terrenal: “Su eliminación causa un daño increíble e incalculable”. Este estudioso salmantino, ahijado intelectual y emocional de Esquilo y Tucídides, se lamenta del descenso cultural que se vive en todo el mundo. Una tragedia porque, afirma, los políticos quieren simplificar, rebajar las dificultades de la enseñanza y quitar importancia al estudio de las lenguas clásicas olvidando que “si no se tiene esa base se desdeña uno de los aspectos esenciales y ejemplares para aprender a razonar”.



El ganador del Nacional de las Letras ha pedido al Gobierno de Mariano Rajoy que rectifique. Ha querido explicar, por ahora infructuosamente, al ministro de Cultura, José Ignacio Wert, por qué es importante que los estudiantes reciban esa enseñanza porque de lo contrario, asegura, “ese edificio de la formación del estudio y del individuo se viene abajo”. Por lo menos desde la Sociedad Española de Estudios Clásicos, que él fundó y de la cual es presidente honorario, han empezado una campaña que les ha permitido reunirse con tres delegados de Rajoy. En cambio, el ministro no los ha recibido. “No ha querido, esa es la verdad. Me lo he encontrado alguna vez y me dice: ‘Hablaremos’, pero es un futuro imperfecto. ¡Que nos reciba, caramba! Debe saber que es importante que los jóvenes sepan de dónde venimos”, explica.
Su segundo frente de batalla es un combate personal por el respeto al idioma español como lengua oficial. Y lo dice el ganador de un premio que “distingue el conjunto de la labor literaria de un autor español cuya obra esté considerada como parte integrante del conjunto de la literatura española actual escrita en cualquiera de las lenguas españolas".

Esta segunda batalla de Rodríguez Adrados es sobre todo por los acontecimientos de los últimos años, donde ha visto con preocupación la deriva del uso de la lengua como un arma incendiaria en el ámbito social y por parte de algunos políticos. “Las lenguas”, insiste en varias ocasiones, “están hechas para entenderse y no para dividir: con el español nos entendemos todos. Es respetable la presencia de otras lenguas que se puedan heredar en diferentes regiones, pero no se deben imponer. Una cosa es la libertad y otra la imposición, a veces, violenta y arbitraria”.

Nadie impide que la gente hable sus lenguas locales, recuerda el académico y helenista, algo que, según él, tiene sus limitaciones. Advierte que tratar de apartar o eclipsar el español es perjudicial para esas comunidades. Por eso le parece “repugnante que algunas comunidades intenten imponer esas lenguas a la fuerza, ya no solo con la enseñanza en los colegios, sino de manera indirecta al exigir su conocimiento y práctica para un empleo, por ejemplo”. Para él, se trata de actos anticonstitucionales. Se lamenta y denuncia lo ocurrido durante varios años porque, afirma, “los Gobiernos han permitido la violación de la Constitución”.

Tomado de El País

sábado, 24 de noviembre de 2012

TZVETAN TODOROV: EN CONTRA DEL TOTALITARISMO

Tzvetan Todorov (Fotografía de Intemperie)


Por Felipe González Alfonso

En abril de 1963 llegó a París, desde Bulgaria, un desorientado estudiante de literatura llamado Tzvetan Todorov, interesado en indagar los misterios formales del texto, en descifrar cómo están hechas esas raras máquinas de lenguaje que son las novelas, los cuentos, los poemas. Esa intuitiva tendencia suya que hoy llamaríamos “formalista”, hacía juego con un supuesto apolitismo motivado en él menos por el desinterés que por el temor: las aproximaciones ideológicas a la literatura, las conjeturas demasiado aventuradas sobre sus implicancias sociales y políticas, en su Bulgaria socialista, podían resultar potencialmente mortíferas, y ese temor le acompañó hasta Francia, aunque solapado bajo su inquietud de relojero textual y su desprecio por las “divagaciones revolucionarias” de los jóvenes comunistas franceses, refinados e ignorantes del horror pesadillesco que conllevaría la realización de su sueño (y que el recién llegado conocía de cerca).

Luego de un breve período de desamparo académico el joven Todorov, de 24 años, fue enviado a buscar orientación donde otro joven, un poco mayor, de 33 años, llamado Gérard Genette, profesor de la Sorbona quien según averiguó compartía sus mismas “ideas extrañas”. Éste a su vez le recomendó tomar el seminario de un profesor que se hacía llamar Roland Barthes, curso al que luego sumó, por propia iniciativa, el de Émile Benveniste (a quien frecuentaría, años después, en su afásica y muda vejez). Así, el joven búlgaro se introdujo en la vida intelectual parisina de los años sesenta, con un grupo de amigos para quienes Dios se llamaba Lévi-Strauss (quien “se ruborizaba y se escondía”), Jakobson (quien “adoraba beber vodka”) y Lacan (“un manipulador y un seductor”).

En la biblioteca de la Sorbona, Todorov descubrió con asombro a los formalistas rusos, en una escuálida monografía. El profesor Genette, entonces, lo animó a traducir y seleccionar algunos artículos de esos autores antaño reprimidos por el socialismo soviético, lo que finalmente se tradujo en la publicación de su primer libro, Teoría de la literatura de los formalistas rusos, de 1965. A este le siguieron otros, en la misma línea de los estudios literarios; valga mencionar su influyente trabajo Introducción a la literatura fantástica, de 1970.

Lo que en un principio Todorov llama su “apolitismo”, con el tiempo y la madurez intelectual adquiere su verdadero nombre, que es, en realidad, el de antitotalitarismo. El giro de sus intereses, desde la literatura y la semiótica hacia las problemáticas sociales y la violencia política, encuentra su causa remota en el emblemático año 68, pero no por influencia de las revueltas parisinas, sino por su participación en las controversias norteamericanas (se ha trasladado a EE.UU. a ejercer la docencia en Yale) sobre los derechos de los negros y la guerra de Vietnam.

Esta reflexión, sin embargo, sólo se concretará en el corpus de su producción de los años 90 y 2000. Desde entonces su crítica se dirigirá contra los totalitarismos que a mediados de siglo desolaron Europa y gran parte de Asia. Estos, como apunta en Memoria del mal, tentación del bien del año 2000, imponen la autonomía de la colectividad y sus presupuestos ideológicos por sobre la autonomía individual, en vez de considerar que los derechos básicos del individuo y la noción de justicia deben ser el límite de los poderes colectivos, o al menos la valla de contención y defensa que refrena su enorme peso cuando se torna contra las personas (el argumento del bien común fue el salvoconducto del comunismo y el fascismo para la aniquilación de millones de individuos).

El poder debe tener límites razonables y reservar una parte de su fuerza al autoexamen, puesto que cuando no encuentra límites tiende al absurdo y puede llegar a aniquilar a una comunidad en nombre de ella misma.

El hecho de que el vuelco político de Todorov se haga visible sólo en su producción de finales de los ochenta, podría resultar sospechoso si consideramos que es precisamente por esos años cuando cae definitivamente el último de los totalitarismos del siglo XX. El autor se defiende diciendo que temía por las represalias a sus cercanos que permanecían en el lado socialista. Sin embargo, podríamos agregar a esta defensa, que ya en La conquista de América, la cuestión del otro, de 1982, se acercaba con erudición y desenvoltura a la crítica del poder desbocado y las ideologías delirantes. La caracterización que en este libro hace de Cristóbal Colón, el cabecilla del magno genocidio imperialista que abre la modernidad (y la posibilita), coincide en varios aspectos con la de G. W. Bush en El nuevo desorden mundial. Reflexiones de un europeo, del año 2003. Ambos terminan aniquilando al otro y su cultura bajo el signo de una cruzada que promete su salvación; ambos enarbolan los ideales más elevados para conseguir el financiamiento de su empresa; ambos justifican los medios por el fin, aun si se trata de medios que podrían devastar por completo al otro que se intenta redimir. El ideal democrático, tal como se articula desde la Revolución francesa, y especialmente en la obra de Benjamin Constant, ya era consciente de estos peligros, y a lo que aspita Todorov es precisamente a repensar estas formulaciones. De este modo, Europa podría fortalecerse frente a la demencial política internacional de EE.UU. —la que hoy por hoy secunda y replica—, pero de manera que llegue a erigirse en una “potencia tranquila”.
Tomado de Intemperie

CONFLICTO PALESTINO-ISRAELÍ: LA TIRANÍA DE LAS IDENTIDADES

Por Mauricio Hasbún

Fotografía de Fundación Baremboim-Said

Hasta aquí, aparentemente, ha sido de suma importancia ser palestino, israelí, judío, cristiano o musulmán. Será por esto que el documental que comentamos (Knowledgeis the beginning, Euroarts Music, 2006), que registra la aventura de dos grandes de la cultura, Daniel Baremboim y Edward Said, es tan liberador: en escena brota lo específicamente humano, dejando de lado las estridencias identitarias y el pretendido heroísmo de un conflicto que hace ya mucho tiempo quedó en manos de los mercaderes de armas.

Podemos imaginar una experiencia límite: un campo cerrado, doscientas personas y un productor televisivo morboso y fetichista del reality. A cien les pasan una polera verde y les dicen ustedes serán palestinos; a los cien restantes les pasan una celeste para que actúen de israelíes. Acto seguido, al grupo completo se le da la orden de “matarse con convicción” frente a las cámaras. Los desdichados harían su mejor esfuerzo con la confianza de que el reality terminaría a la brevedad. El productor inescrupuloso, en tanto, amasaría por anticipado las montañas de dinero que ganaría con su programa de TV basura. En verdad, el conflicto del Cercano Oriente es tanto o más prosaico que el de esta pesadilla, pero con un par de inconvenientes trágicos: los participantes no pueden salirse de la telerrealidad, pues están secuestrados por sus elites, y el productor de TV inescrupuloso, fuera del set, vendría a ser un líder de sonsonete nacionalista que, además, recibe jugosas comisiones en el tráfico de armas.

El documental de Paul Smaczny registra el gigantesco y exitoso esfuerzo del destacado músico y director Daniel Baremboim junto al crítico y literato Edward Said (fallecido en 2003, antes de terminar el rodaje del documental) por crear la West-Eastern Divan Orchestra que reúne a jóvenes músicos árabes e israelíes en un testimonio de rigor filarmónico, comprensión cultural y esperanza de una paz futura. Escena tras escena, el documental es un magistral testimonio de cómo van cayendo, una a una, las estructuras de identidad que se han ido acoplando a nuestro ser desde que nacemos por el sólo hecho de crecer en un hogar árabe o en una familia israelí. Los jóvenes artistas de uno y otro lado del muro, en principio, se miran con desconfianza, para terminar comprendiendo que están hermanados por una de las tragedias colectivas más crueles de la última centuria.

El film se podría leer como una denuncia de la tiranía de las identidades, esos cuentos que nos inculcan desde niños con la pretensión de ordenar nuestra vida. Las identidades son relatos parlanchines que nos machacan a cada paso cómo debemos ser y cómo nos debemos comportar con nuestros amigos o enemigos. Apenas las identidades se callan, aparece lo genuinamente humano que llevamos dentro. En el documental, ese silencio se produce cuando los jóvenes visitan Auschwitz o en las escenas en que se muestran los ojos de los niños en una escuela de Ramallah. Es en el silencio donde nace la música de este magnífico documental y es en el silencio donde tenemos acceso a nuestra humanidad. Ahí, el conocimiento del otro es apenas el principio.
Tomado de Intemperie
 
 

viernes, 23 de noviembre de 2012

ESPACIOS DEL ANONIMATO


Tren eléctrico de Lima



17/09/12

La muchacha está de pie en una escalera mecánica. No importa el lugar, pues, en la tradición que nos convoca, este lugar no es un lugar, no se define por el lado de los “síes” sino de los “noes”. Lo que lo distingue no es la suma de ciertas cualidades sino la ausencia de tales cualidades. La muchacha tiene veinte años y vive en una ciudad repleta de escaleras mecánicas: en centros comerciales, el subte, hoteles, salas de convenciones. Nació en 1992, el mismo año en que un antropólogo francés llamado Marc Augé publicó un libro titulado Los no lugares: espacios del anonimato. Una antropología de la sobremodernidad. Le bastó, a Augé, una sola línea para determinar qué propiedades definían a un lugar y, acto seguido, imaginarse qué sucedería si estas propiedades desaparecían: “Si un lugar puede definirse como lugar de identidad, relacional e histórico, un espacio que no puede definirse ni como espacio de identidad ni como relacional ni como histórico, definirá un no lugar”. La muchacha, de pie en la escalera mecánica, atraviesa un sitio diferenciado por la negación: de la identidad, de las relaciones, de la historia.

Lo sabe. Nunca leyó el libro de Augé pero escuchó hablar de no lugares. Podrías preguntarle qué es un no lugar y, tras un leve titubeo, la muchacha sortearía el significado enciclopédico descerrajando una serie de ejemplos: shopping, autopista, aeropuerto, supermercado, local de comidas rápidas. Eso es un no lugar. Todo aquello que los dignatarios no homenajearían con placas conmemorativas, todo aquello que no se ha ganado su ticket de ingreso al patrimonio de la ciudad.

Nunca se detuvo a pensarlo. Podría leérsele esa línea de Augé, remarcársele las tres cualidades faltantes: identidad, relación, historia. Entonces la muchacha frunciría el ceño. Acaso recordaría las fiestas de cumpleaños en los peloteros de McDonald’s, las tardes de estudio en el patio de comidas, un abrazo en la estación de colectivos, las baguetes calientes del hipermercado y la encargada de la caja rápida que siempre le pregunta: “¿Te la doblo?” La muchacha titubearía de nuevo. ¿Ni identidad, ni relaciones, ni historia?

“No lugar” es uno de esos pocos conceptos que saltan el vallado de las ciencias sociales para insertarse en un campo de desempeño más amplio. Globalización, deconstrucción, género, patriarcado, posmodernidad, flexibilización, son otros buenos ejemplos. Este salto del cerco disciplinario supone una doble pérdida: de contexto y de subtexto. “Las condiciones de producción del discurso científico –escribió el semiólogo Eliseo Verón– preservan, presuponen necesariamente, el sub-texto y el con-texto, tanto en producción como en recepción. Un fragmento de discurso científico remite por un lado a la teoría a partir de la cual se estructura (sub-texto) y a otros múltiples fragmentos, asociados a otras teorías sobre el mismo objeto (con-texto) a cuya autoridad ese texto recurre, con los cuales polemiza, a los cuales responde, etc. El destinatario de un texto científico no puede ‘consumirlo’ adecuadamente sin activar el sub-texto y el con-texto”. Cuando estos conceptos ganan terreno en un campo social menos acotado, dejan tras de sí el contexto y el subtexto que forman parte de los presupuestos del discurso científico: espacios de enunciación, corrientes de pensamiento discutidas o impugnadas, notas al pie, guiños, paradigmas desafiados, hipótesis acerca de cómo funciona el mundo que posicionan a ese concepto en una tradición y no en otra, tradiciones que ese concepto busca destruir o que es capaz de conjurar.

La muchacha de la escalera, que sabe de la existencia del no lugar, desconoce el contexto y el subtexto que posibilitaron la emergencia del concepto. No puede “activarlos” para consumir el no lugar adecuadamente. Por esas condiciones, la discusión parece reducida a una literalidad engañosa, despojada de anclajes técnicos, como flotando en el aire: ¿en un shopping no hay identidad, ni relaciones, ni historia? Sin el subtexto ni el contexto, sin la tradición que hace veinte años Augé perseguía o rechazaba, sin la tradición que quizá inició, la idea de “no lugar” parece más bien prosaica. Una tontería, como el “amor líquido” de Zygmunt Bauman o como el “biopoder” de Michel Foucault leídos sin amarres sub-con-textuales. Antes de preguntarse si el concepto de no lugar es efectivamente tontón y prosaico, debe conjurarse el contexto y el subtexto, aun en un medio (éste) que es incapaz de activarlos adecuadamente. Enunciar el escollo epistemológico no significa resolverlo; significa enunciarlo, nada más.

Veinte años después es difícil recordar lo atrapante que era el libro de Augé. En los mejores trabajos publicados en 1992 se saborea la combinación entre sorpresa, nostalgia y excitación que acompañaba los análisis teóricos de un mundo que parecía haber cambiado, que parecía empecinado en dirigirse hacia el universo de la muchacha de la escalera. En Las formas elementales de la vida religiosa, Emile Durkheim había recordado que las categorías de espacio y tiempo “dominan toda nuestra vida intelectual; son las que los filósofos llaman las categorías del entendimiento”. En esos trabajos intentaba darse cuenta de una transformación de esas categorías. Se sumaban neologismos, se ensayaban metáforas, se arriesgaban nuevas formas de componer los pliegos de esa complicada ruptura. Que el tiempo se acelera, que el mundo se encoge, que los ingenios que acercan a las personas también las separan. Hoy eso parece trivial; veinte años antes, todavía era un lenguaje que debía sistematizarse.

“La historia se acelera –escribió Augé–. Apenas tenemos tiempo de envejecer un poco que ya nuestro pasado se vuelve historia, que nuestra historia individual pasa a pertenecer a la historia. Las personas de mi edad conocieron en su infancia y en su adolescencia la especie de nostalgia silenciosa de los antiguos combatientes del 14-18, que parecía decirnos que ellos eran los que habían vivido la historia (¡y qué historia!), y que nosotros no comprenderíamos nunca verdaderamente lo que eso querría decir. Hoy los años recientes, los sesentas, los setentas, muy pronto los ochentas, se vuelven historia tan pronto como hicieron su aparición. La historia nos pisa los talones. Nos sigue como nuestra sombra, como la muerte”.

“La historia nos pisa los talones” es poesía pura, la clase de expresión ingeniosa cuyo contexto y subtexto uno está dispuesto a sacrificar de buena gana. El libro está lleno de estas expresiones ingeniosas; “no lugar” sólo es una de ellas, también irresistible cuando se le quitan los anclajes: el no lugar como espacio simétrico e inverso del lugar, como Bizarro para Superman y Venom para Spiderman. El lugar era el héroe; el no lugar, el antihéroe.

El libro dialogaba con varias tradiciones que se cruzaban, que se daban codazos por imponer su voz. Augé –nacido en 1935– había hecho etnografía en Africa, luego había vuelto a Europa y había estudiado el subte parisino. Ahora se lanzaba a teorizar sobre el mundo como totalidad. Buena parte del libro justifica ese cambio de escala metodológica: por qué una ciencia diseñada para estudiar a los otros lejanos y exóticos, primero vuelve la vista hacia las interacciones cotidianas de la propia sociedad y luego se lanza a la cultura global, a lo que Augé llamaba “sobremodernidad”.

Los lugares identitarios, relacionales e históricos respondían a un siglo de sociología y antropología, en especial francesa y estructuralista: Marcel Mauss, Claude Lévi-Strauss, Durkheim, todos ocupaban su lugar en la mesa. Asimismo el no lugar seguía su propio derrotero, también de gusto francés: Michel de Certeau, Maurice Merleau-Ponty, Louis Marin. Pero en 1992, apostó Augé, las clásicas nociones de itinerarios, intersecciones, centros y encrucijadas ya no servían en una espacialidad cuyos límites y fronteras se transformaban de manera drástica. El lugar antropológico (un principio de sentido para quienes lo habitan y un principio de inteligibilidad para quien lo observa) chocaba contra la sobremodernidad: “Un mundo donde se nace en la clínica y donde se muere en el hospital, donde se multiplican, en modalidades lujosas o inhumanas, los puntos de tránsito y las ocupaciones provisionales (las cadenas de hoteles y las habitaciones ocupadas ilegalmente, los clubes de vacaciones, los campos de refugiados, las barracas miserables destinadas a desaparecer), donde se desarrolla una apretada red de medios de transporte que son también espacios habitados, donde el habitué de los supermercados renueva con los gestos del comercio ‘de oficio mudo’, un mundo así prometido a la individualidad solitaria, a lo provisional y a lo efímero, al pasaje, propone al antropólogo y también a los demás un objeto nuevo”.

Ese nuevo objeto asumía la forma de no lugar, “la medida de la época”, y si bien Augé insistía en que “el lugar y el no lugar son más bien polaridades falsas: el primero no queda nunca completamente borrado y el segundo no se cumple nunca totalmente: son palimpsestos donde se reinscribe sin cesar el juego intrincado de la identidad y de la relación”, lo que quedó tras el salto de vallado disciplinario fue una caricatura: el no lugar es el shopping. Y si a una muchacha nacida en 1992, que vive en una ciudad llena de escaleras mecánicas, le quitan el contexto y el subtexto y le dicen que en buena parte de su mundo cotidiano no hay historia, ni relaciones, ni identidad, parece lógico que frunza el ceño. “El usuario del no lugar siempre está obligado a probar su inocencia”, escribió Augé, otra expresión ingeniosa. El concepto académico, libre de anclajes, no tiene por qué hacerlo; esa es la mejor lección tras veinte años de no lugares.

 
Tomado de la Ñ

PUEBLO KAKINTE RECHAZA A REPSOL Y EXIGE AL ESTADO CUMPLIR COMPROMISOS




Indígenas kakintes demandan al Estado que cumplan con sus responsabilidades y con los compromisos asumidos con su pueblo. En Lima, Moisés Sergio Salazar, presidente de la Organización de Desarrollo del Pueblo Kakinte (ODPK), demandó que no sigan “mirando al costado” ante sus reclamos.
La demanda se refiere a que el pueblo kakinte, asentado en la provincia de Satipo, región Junín, rechaza de sus territorios a la empresa Repsol quien, junto a Petrobras, tiene la concesión del lote 57.
Lote 57 de Repsol en la región Junín

El proyecto se encuentra superpuesto en gran parte del territorio de sus comunidades, sin que se haya llevado a cabo la consulta libre, previa e informada que ellos reclaman y las normas nacionales e internacionales exigen.
Por ello es que el 18 de julio de este año, la organización representativa kakinte llegó a un acuerdo con el Ministerio de Energía y Minas (MEM) y Repsol para llevar a cabo el Primer Encuentro entre el Estado y el Pueblo Kakinte.

Tomado de Repsol

Sin embargo, todo lo que han obtenido hasta el momento son “obstáculos, aplazamientos y derivaciones de oficina en oficina” según denuncian en una carta enviada al MEM y otras instituciones públicas.
Ello muestra “el escaso interés que tenemos para el Estado, pese a que en nuestros territorios se están realizando hallazgos de los que la empresa Repsol y el Estado peruano sacarán grandes beneficios económicos”, dice en su carta.
“Nuestro pueblo no pide nada que no sea obligatorio para el Estado peruano: que se nos consulte, que se nos informe, que no se nos imponga sin explicación alguna la presencia de una empresa que va a trabajar en nuestro territorio los próximos 40 años con grandes riesgos para nuestra vida”, expresaron.
El Pueblo kakinte



El pueblo kakinte pertenece a la familia etnolingüística Arawak y está conformado por aproximadamente mil personas, ubicadas en el distrito de Río Tambo, en la provincia de Satipo, región Junín.
Viven principalmente de las actividades de autosubsistencia como la caza, pesca y los cultivos de panllevar. Algunos se dedican a la siembra del café y el cacao, pero tienen dificultades de acceso para sacar su producción a otros mercados y comercializarlos.
Asimismo, este grupo indígena presenta una preocupante situación de pobreza y precariedad, debido al abandono por parte del Estado que invierte muy poco en los sectores educación, salud y vivienda.
Uno de los principales problemas del pueblo kakinte es la pérdida de su lengua materna e identidad cultural. Actualmente sólo cuentan con un docente bilingüe que domina la lengua kakinte y que es miembro de la misma comunidad.
Las seis comunidades cuentan con escuela primaria pero con profesores bilingües provenientes de otras comunidades y que estarían enseñando a los escolares en un idioma distinto: el machiguenga.

Tomado de La Mula

miércoles, 21 de noviembre de 2012

CUIDADO: PERSECUCIÓN POLÍTICA EN SAN MARCOS





Hoy día martes el rectorado de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos ha convocado a una movilización por las calles de Lima en contra del Movadef. Obviamente, como ex alumna sanmarquina y ex profesora, no puedo sino estar de acuerdo con que las autoridades de una de las universidades más afectadas por la incursión de SL, haya decidido salir a las calles a emplazarlos. En lo que disiento es en la oportunidad para hacerlo: en medio de una crisis universitaria que no solo se ve reflejada en las denuncias de corrupción al propio rector y su plana mayor, sino sobre todo, en el malestar de la gruesa población estudiantil que reclama con justicia mejores condiciones académicas.  
¿El principal problema de San Marcos es el Movadef? Por supuesto que no. Obviamente, nadie pretende dejar pasar por alto las movilizaciones que han realizado, hay que darles batalla sobre todo ideológica y política. Pero el principal problema de San Marcos es la orfandad ética que ha permitido que lentamente se vayan ganando espacios desde posiciones acríticas, lambisconas, en suma, mediocres. San Marcos no va a estar entre las mejores universidades del mundo porque le resulte de chiripa un Premio Nobel (Vargas Llosa estudió en San Marcos, pero pudo hacerlo en la UNSA) sino cuando un rector decida que debe de invertir en las facultades de física, química o historia, para que produzcan Premios Nobel. Invertir en educación e investigación, como todos sabemos, no es redituable a corto plazo, por lo tanto, hay que hacerlo por convicción y no por cálculos políticos.
Yo estudié en San Marcos durante los años 80, y a pesar de todos los problemas de excesiva politización y pobreza endémica, teníamos  profesores de la talla de Antonio Cornejo Polar o Raúl Bueno, que terminaron migrando a Berkeley y a Dortmund. ¿Y mis compañeros de aquella época? Pues ahora son profesores de New York University, Harvard o de UCLA. ¿Por qué no invertir en traer temporalmente a aquellos ex alumnos con posiciones privilegiadas a nivel mundial para dictar seminarios? , ¿por qué no hacer alianzas de investigación con todas esas universidades?, ¿por qué no presentarse a concursos Alban, Erasmus o, en medio de la crisis europea, proponer pactos beneficiosos para profesores que estén desempleados? La semana pasada Chile “importó” 1.500 profesores españoles para sus universidades públicas. ¿Por qué no hacer algo similar desde el Perú?, ¿Por mediocridad, desdén por el conocimiento y desprecio por la investigación académica?
Pero las autoridades pretenden legitimarse con marchas contra el Movadef y represión contra organizaciones que no tienen ninguna relación con los mencionados, como Integración Estudiantil o La Zurda. Como sostiene Jorge Rodríguez, del Foro Juvenil de Izquierda de la UNMSM: “El problema principal no es Sendero o el Movadef y eso lo tenemos claro, pero no pidan que las organizaciones y estudiantes que no comparten […] la propuesta política del Movadef no dejen de plantear su posición y lo hacemos como nos corresponde a las organizaciones de izquierda, desarrollando la lucha ideológica y política […]El problema principal en San Marcos es la corrupción, el autoritarismo y la mediocridad académica que gobierna hace años en la Universidad. En estos momentos no existe ambigüedad, es luchar contra los corruptos que quieren hacer una campaña “macartista” y de esa forma acallar la voz de protesta”.

Tomado de La República

domingo, 18 de noviembre de 2012

MIEDO A SENDERO A FAVOR DEL INDULTO A FUJIMORI


Fotografía de Fujimori para inspirar compasión

Domingo 18 de noviembre, diario La Primera

Pareciera que está en juego una especie de perdón múltiple que aliviaría a todas esas fuerzas e individuos de la pesada carga que tienen en sus conciencias y del peligro de ser juzgados. En este punto preciso, el Movadef y el Fujimorismo comparten la misma ilusión de ver libres a sus jefes por el pasado común que tienen en materia de crímenes, de violación de derechos humanos y de maneras de hacer política. 

Fujimori se ha mantenido firme en no pedir perdón, porque sigue creyéndose inocente y porque cree que una vez indultado (borrón y copia nueva) podrá, en el mejor de los casos, volver a hacer política o irse a Japón a disfrutar de la fortuna que lo estaría esperando. Desde su fracaso para convertirse en senador japonés y su salida de Japón para para tratar de volver victorioso a Lima por la frontera con Chile, todo le ha ido mal. Su abogado ha perdido todas las batallas. Desde su cárcel dorada el ex dictador debe extrañar todos los juicios que ganó con su socio Vladimiro Montesinos. La noticia de un nuevo juicio para responder por los 120 millones tomados de las Fuerzas Armadas para comprar a la prensa Chicha llega como un refuerzo contra el indulto. 

De poco o nada le sirvieron las fotos para dar lástima e inspirar cristiana compasión, y parece haber quedado también en el camino su ilusión de “conceder” una entrevista a Raúl Vargas, de RPP. Su condición de mentiroso profesional y compulsivo ha quedado suficientemente demostrada. La terapeuta Carmen González, ella sabe bien de lo que habla, tuvo el coraje de escribir en su columna que “Fujimori es un psicótico sin remedio”. 

En la gran campaña por este indulto múltiple para muchos beneficiarios, apelar al miedo frente a Sendero Luminoso sigue siendo un viejo recurso, útil de tiempo en tiempo. La consciente exageración del peligro que representa es una carta política, una especie de comodín. Mintió Fujimori en 2000 cuando anunció oficialmente que Sendero había sido derrotado y liquidado. Sabía muy bien que quedaban núcleos armados en la Amazonía. Su peligrosa presencia sería desde entonces una buena razón para que las Fuerzas Armadas pidan más recursos, más armas y reconocimiento por sus servicios para el país. Él y Montesinos sabían también de los estrechos vínculos de los senderistas con el narcotráfico.

De ese modo, se renovó no sabemos hasta cuándo, el miedo que es un viejo componente de la política peruana desde que Francisco Pizarro y sus soldados aprendieron a dormir con botas, y a ajustar las cinchas de los caballos que estaban ensillados para huir a tiempo del peligro indígena. Tenemos en Lima una larga tradición de miedo a los llamados indios contra quienes se levantaron las murallas coloniales. Los indios de ayer son hoy los migrantes que llegan a Lima, los cholos, a quienes se tilda de delincuentes y terroristas y para defenderse de ese viejo y nuevo “peligro” se enrejan los parques y nos acostumbramos a vivir en una especie de ciudad sitiada en la que florece el racismo.

Cuando el diario Fujimorista La Razón llamó en un titular de su primera página a Nicolás Lynch “Embajador senderista”, tiró de la cuerda del miedo hasta hacerla reventar. Los dueños de ese periódico saben muy bien que Nicolás Lynch es un social demócrata, un profesor de larga trayectoria en San Marcos, cuya tesis doctoral en Estados Unidos trató sobre los estudiantes maoístas, que como ministro de Educación tuvo el coraje de enfrentar a la dirección del Sutep y que en sus libros y artículos periodísticos defiende un punto de vista democrático sin la más mínima complicidad con el totalitarismo senderista. 

Ese titular sirvió para los lectores sientan miedo otra vez y para que la carta del miedo sirva para acabar con la izquierda. Una calumnia de ese calibre es prueba de la chatura moral de la derecha y su coalición de poder que no aceptan un punto de vista que no sea el suyo y meten en el mismo saco a los narcoterroristas del Vraem, a los maoístas de Patria Roja, a los senderistas del Movadef, al grupo de izquierda que en nombre de la Gran transformación ha roto con el humalismo. 

Ollanta Humala no defendió a quien fue uno de los intelectuales de primera línea en el apoyo a su candidatura. Lo dejó caer, asustado por la cólera y el miedo de sus nuevos amigos y aliados. Ese lamentable argumento o fue más importante que el discurso oficial sostenido en Argentina y Uruguay para reforzar la Unasur y mostrar algo de independencia frente a Estados Unidos. Cuando el ex primer ministro Salomón Lerner dijo que si los partidarios del Movadef renunciaban explícitamente a sus convicciones senderistas (“pensamiento Gonzalo”) habría que darle una oportunidad, usó en su frase la forma condicional. En el proceso de rearcaización política que sufre la derecha, si “es que” es igual a “es”. Ese es un problema que una buena instrucción primaria resuelve cabalmente.

Tomado de La Primera

viernes, 16 de noviembre de 2012

LA EXTINCIÓN MENOS PENSADA

Como ocurre con las especies animales, los signos de puntuación también nacen, viven y mueren. ¿Las nuevas tecnologías impulsan la desaparición del “¿” y el “¡”?

Como el sonido lejano de la alarma de un auto, el dato se repite tantas veces que ya se volvió invisible. Olvidamos que está ahí: cada día se extinguen unas 150 especies de animales en el mundo. Según la Lista Roja de Especies Amenazadas de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza, el 41% de los anfibios, un 33% de los corales, un 25% de los mamíferos y un 13% de las aves están en rumbo directo a decirle adiós, y para siempre, a la Tierra. El orangután de Sumatra, el leopardo de las nieves y la tortuga baula se encuentran a punto de transformarse en simples figuritas del álbum de los recuerdos de la naturaleza. Y no sería nada extraño si, dentro de un par de décadas, el gorila de montaña, el atún rojo y el rinoceronte de Java fueran confundidos con el hipogrifo, el Odradek y demás ejemplares de El libro de los seres imaginarios borgiano.

El golpe –ecológico, ético, biológico–, claro, es fuerte. Pero eso no implica que sea el único. Las especies de animales no son las únicas que se extinguen. Se extinguen, también, las lenguas: de los 6.809 idiomas que se supone hay en el planeta, desaparece uno cada 15 días, sin contar con que en la Argentina ya se esfumaron el atacameño, el ona, el gününa küne y el vilela. Y, por si fuera poco, se extinguen también los símbolos. Y entre ellos, aunque parezcan eternos e intocables, aquellos de un gremio especial: los signos de puntuación, aquellos semáforos de la lengua que ayudan a que no nos tropecemos ni atragantemos con las palabras.

Algunos, incluso, desaparecen sin que muchos supieran siquiera que alguna vez estuvieron ahí, listos para ser usados. Por ejemplo, uno llamado “interrobang”. Indicador de sorpresa, algo así como “?!” –del “¿¡en serio!?”– pero fusionados en el mismo símbolo, fue inventado en los sesenta por el publicista neoyorquino Martin Spekter. Arañó la fama cuando se coló entre las teclas de las máquinas de escribir Remington en 1968 pero no tardó en hundirse en el olvido.

Algo similar ocurrió con otro signo no menos curioso llamado “snark”, una especie de signo de interrogación invertido, como reflejado en un espejo, ideado en el siglo XVI por el impresor inglés Henry Denham como mecanismo para advertirle al lector que una pregunta era retórica. El snark, sin embargo, sufrió en carne propia la indiferencia y nunca fue comprendido ni utilizado masivamente por entonces, cuando la imprenta daba sus primeros pasos y los nuevos lectores –que lentamente se acostumbraban a leer en silencio– imploraban el establecimiento de una puntuación estándar, aquella que recién comenzó a tomar forma en 1566 cuando el impresor italiano Aldo Manuzio publicó el primer libro de normas de puntuación, su Orlhographiae Ratio (Sistema de ortografía), que incluía el punto, la coma, los dos puntos y el punto y coma.

En realidad, Manuzio no fue un pionero gramatical: al primero que se le habían ocurrido estos indicadores fue a Aristófanes de Bizancio –uno de los grandes bibliotecarios de Alejandría– en el año 200 para combatir lo que desde los antiguos textos griegos y por varios siglos después se conoció como scriptio continua , la costumbre de escribir ininterrumpidamente en mayúscula, sin espacio y sin puntuación. Una verdadera tortura para el lector.

Pero volviendo al snark, como varios signos que nunca llegaremos a conocer o a utilizar, su vida fue fugaz, pese a que en 1899 tuvo una segunda oportunidad al ser resucitado por el poeta francés Alcanter de Brahm como señal de sarcasmo o de ironía.

Y así llegamos a nuestros días, tiempos tan globalizados como acelerados, en los que los signos de puntuación no dejan de nacer, vivir y, también, morir. Los símbolos, se sabe, no mueren de causas naturales. Se extinguen cuando los carteles publicitarios cargados de errores y omisiones se vuelven la norma y no la excepción. Se esfuman cuando el escribiente –en chats y mensajes de texto– les suelta la mano y pierde su fe en ellos, cuando comprende en un arrebato silencioso de rebeldía gramatical que puede vivir su vida sin ellos. Y también cuando las profesoras de castellano tiran la toalla y se cansan de marcar en un examen –con birome roja o a lo sumo verde– su ausencia.

Así podría pensarse una “lista roja” de signos de puntuación amenazados encabezada en estos momentos por dos signos que coquetean con la extinción: los signos de interrogación y exclamación de apertura –“¿” y “¡”–, exclusivos del español. En el caso del “¿” fue introducido por decreto recién en 1754 en la segunda edición de La ortografía de la Real Academia Española para indicar bien desde el comienzo que se trataba de una pregunta. La adopción no fue de un día al otro: tardó casi un siglo en colarse en los libros y siempre hubo rebeldes que se negaron a usarlo como el poeta chileno Pablo Neruda.

La biografía de su compañero de oración, el “?”, es curiosa: un investigador de la Universidad de Cambridge llamado Chip Coakley halló recientemente la versión más antigua de este símbolo –conocida como zagwa elaya – en un manuscrito siríaco, un dialecto del arameo, la principal lengua literaria de Medio Oriente entre los siglos III y VIII: consiste en dos puntos, uno encima del otro.

Aún así, ahí no nació la costumbre de indicar textualmente una pregunta. En forma independiente, distintos signos de interrogación surgieron en todo el mundo: los griegos utilizaban el punto y coma; los egipcios, los tres puntos; los armenios usan una especie de círculo abierto que se ubica entre la última y la penúltima letra de la palabra de la pregunta. Y durante la Edad Media los escribas indicaban el carácter interrogativo de una oración al poner la palabra quaestio al final de la frase. La tediosa tarea de escribir un libro a mano hizo que los copistas abreviaran esta palabra: primero se convirtió en “qo” y luego comenzaron a colocar la “q” arriba de la “o”. No tardó mucho para que la “q” mutase en un garabato y la “o” en un punto. El llamado punctus interrogativus había llegado para quedarse aunque recién en el siglo XVIII adoptó la forma actual que conocemos y usamos.

Y ahora, su compañero de oración –“¿”– y su pariente exclamativo –“¡”– se volvieron intermitentes. A veces están y a veces no. Sus asesinos son la velocidad de las cosas, la aceleración del saludo por el celular, el mensaje de “feliz cumpleaños!!!” dejado en un muro de Facebook, el contagio de costumbres gramaticales inglesas, o simplemente la informalidad, aquella que impulsa en Twitter el uso de “tu” sobre el “vous” en francés entre desconocidos, el “du” sobre el “sie” en alemán, el “to” sobre el “shoma” en farsi.
Nadie sabe exactamente cuándo sucederá ni dónde pero de un momento a otro signos como el “¿” y el “¡” morirán para convertirse en ese preciso instante en el objeto de deseo de paleolingüistas, cazadores de signos, coleccionistas de notas al pie de la historia.

Aunque no podría decirse si esta extinción esté bien o mal. A fin de cuentas, no leemos ni escribimos como antes. En casi dos generaciones, cambiaron los soportes a una velocidad inimaginada. Y, tal vez, los signos de puntuación también evolucionen y se adapten a su nuevo medio ambiente. “O no?”.

Tomado de Revista la Ñ

ELOGIO (Y ELEGÍA) DE LOS SIGNOS DE PUNTUACIÓN

Filólogo español Carlos Álvarez Garriga

 Julio de 2012, El Malpensante

El colegio, los mensajes de texto, el correo electrónico e incluso los correctores están propiciando el lento ocaso de varios signos de puntuación. ¿Qué perdemos cuando ya nadie sepa cómo utilizarlos?

Si usted, que con tanta amabilidad surca estas líneas con los ojos –en el caso de que lea en braille diríamos “con las yemas” (o sea la punta de los dedos [de uno, de dos o de tres; no lo sé])–, si usted, digo, que ¿con cierta incomodidad producida por la acumulación de incisos? recorre estas palabras a toda velocidad y, al acabar el párrafo, lo considera un modo de empezar demasiado arduo pero aun así ha llegado hasta aquí, podemos felicitarnos: «¡Aún no está todo perdido!». Sin embargo es muy dudoso que algún corrector/a estampe su nihil obstat en un fragmento introductorio en el que, si no me equivoco..., aparecen diseminados casi todos los signos de puntuación que admite nuestra gramática.

Con el afán propio del oficio tal como lo enseñan (?) ahora, diríase que la corrección de textos consiste en tapar los poros enyesando los originales mediante el uso de un papel de lija uniformador, con lo cual todas las traducciones suenan igual y todas las prosas con el mismo martilleo: tac-tacatac, tac-tacatac, tac; salto de párrafo; tac-tacatac, tac-tacatac, tac; etcétera. Puede pensarse que quizá esta pasión por la frase enclenque y los párrafos minúsculos se corresponde con la invención retórica de Alejandro Dumas, que saltaba como un canguro porque cobraba por página y la esponjosidad visual le resultaba de lo más rentable, pero no; llámenme paranoico (¡a la cara!) porque me parece que la aniquilación calculada de algunos signos de puntuación forma parte de la conjura internacional profetizada por Adorno en “Signos de puntuación”, donde decía lo siguiente:
El miedo a períodos largos, de a página, es un miedo suscitado por el mercado, el miedo al cliente que no quiere esforzarse y al que fueron adaptándose primero los redactores y luego los escritores, para ganarse la vida, hasta inventar al final de su adaptación ideologías como la de la lucidez, la dureza objetiva, la precisión comprimida. Pero en esta tendencia son inseparables el lenguaje y la cosa. Con el sacrificio del período el pensamiento mismo se hace de poco aliento. La prosa se rebaja a la proposición de protocolo, hija favorita de los positivistas, al mero registro de los hechos, y mientras la sintaxis y la interpunción renuncian al derecho de articular y formar ese registro, de ejercer crítica sobre él, el lenguaje se dispone a capitular [...]. La cosa empieza con la pérdida del punto y coma, y termina con la ratificación de la oligofrenia por una racionalidad de la que se ha extirpado todo añadido.
Me entretengo con estos rompecabezas mientras estoy en la biblioteca pública de la esquina y recuerdo con desesperación y nostalgia que cuando se instalaron en el nuevo edificio se deshicieron de la Enciclopedia universal ilustrada europeo-americana, la Espasa de 39 tomos, por su excesivo volumen. Hoy me he fijado en cuatro fotografías exhibidas en el panel de la entrada. En ellas aparecen, de izquierda a derecha y de arriba a abajo: nueve personas que fingen estar repasando apuntes (nadie estudia con la espalda tan erguida); una viejecita apoltronada en un sillón simulando que hojea un periódico, y al fondo un chico que elige cedés; dos individuos que charlan mientras navegan con sus ordenadores portátiles y, alerta, un niño sentado en el suelo como los siux ¡que lee! Lo miro con más atención: lo que tiene en el regazo no es un cuento sino un álbum de futbolistas: puro realismo social. (Ahora entiendo por qué cada vez que me levanto para ir a por un ejemplar de consulta todos interrumpen instantáneamente la escritura de mensajes de texto en sus enmudecidas berrynegras y me miran con escándalo. ¿Qué creen, que soy un pornógrafo incontinente? Mejor será que me vaya antes de que me denuncien a la Bibliotecaria Superiora, esa que chista todo el rato porque, caramba, la están distrayendo y así no hay quien termine el sudoku.)


Cuando llego a mi casa y miro las estanterías, me pregunto qué harán mis hijos con esos volúmenes cuando yo ya no esté: ¿quizá construcciones como aquellos niños de una novela de Carpentier en que los utilizaban para construir fortalezas y puentes levadizos; quizá dioramas o belenes aprovechando las ideas de la serie Biblos del artista canadiense Guy Laramee? Haré la prueba del 9 sobre la erosión de la cultura: llamo a mi hijo mayor, dibujo un punto y coma redondeadito en una hoja y le pregunto si sabe lo que es. Está en primero de secundaria y muy ofendido. (Claro que lo sabe desde muy chico porque cuando era apenas un mocoso jugaba con el teclado de una antigua máquina de escribir y me preguntaba para qué servía cada dibujo. Una mañana llegábamos tarde al colegio y le dije: “Ponte los zapatos y punto”, y me respondió: “Pues no pienso ponérmelos y punto y coma”.) Le pregunto si lo usa mucho, ese signo. Perfila a su derecha un cierre de paréntesis: “Sirve para marcar la ironía en un mail ;)”. ¡Toma, reciclaje tipográfico!
 

Entonces le digo que es un invento muy sutil, un semitono de valor insuperable cuando hay que transcribir una entrevista, que si patatín, que si patatán; le cuento que una vez Ramón Gómez de la Serna (quien decía que la muerte es el punto y coma de los creyentes) salió de un gravísimo estado de coma y, cuando le preguntaron cómo se sentía, murmuró: “El coma no mata, tampoco el punto y coma; lo único que mata es el punto final”. Que, en el mismo registro metafórico, Kurt Vonnegut dijo que Hemingway se suicidó poniendo punto final a su vida porque “la vejez se parecía demasiado a un punto y coma”. Le recuerdo también que Lampedusa juzgaba a Stendhal un escritor prodigioso, “capaz de resumir una noche de amor en un punto y coma”, y que incluso en el uso de la coma ha habido maestros: John Barth señalaba que Donald Barthelme con una simple coma podía trastornarte; la coma con la que lo ejemplificaba era esta: “Visité la guardería de mi hijo, una vez”. Me doy cuenta de que estoy aburriéndolo. Él debe ser de la opinión que sintetizaba Gérard Genette en uno de sus minidiccionarios de tópicos: “Punto y coma: colmo de la cursilería; oponerse siempre”.

Por supuesto, dejaré al margen el tema de los guioncillos y le ahorraré la cita del que para mí es uno de los mejores incisos de la poesía castellana: está en “Albada”, de Jaime Gil de Biedma, cuando el poeta se despierta melancólico y piensa que en los puestos de Las Ramblas ya deben estar amontonándose las flores cortadas “y silbarán los pájaros –cabrones– / desde los árboles”. (Tampoco haré la alabanza de la prosa que se expande mediante paréntesis consecutivos ((no concéntricos, como estos)) y que a un estudioso mexicano le recordaban ristras de salchichas.) Me gustaría contarle, sin embargo, que en una ocasión el sabio José María Valverde otorgó matrícula de honor a uno de sus alumnos de Historia de las Ideas y que, cuando el discípulo le agradeció la nota pero añadió que tal vez había exagerado, aquel respondió: “En su examen había un punto y coma tan bien puesto que era merecedor, por sí solo, de la calificación más extraordinaria”.

¿Cómo entenderán los jóvenes de hoy la frase atribuida a Oscar Wilde según la cual el irlandés se quejaba de haber pasado un día horrible: necesitó toda la mañana para decidir que debía incluir una coma en un párrafo del libro que estaba escribiendo, y toda la tarde para decidir que debía suprimirla? ¿Cómo logran escribir con el índice y el pulgar en teclados tan encogidos y a tanta velocidad? Son los verdaderos cíborgs, los hombres-máquina, y el contacto con el papel tiende a angustiarlos. ¿Para qué necesitan estas antiguallas? Y no seamos apocalípticos: los clásicos griegos y latinos no tenían signos de puntuación ni libros como los nuestros y no les fue mal.
Nota: el fragmento de la página 23 pertenece a Notas sobre literatura, de Theodor Adorno, Barcelona, Ariel, 1962, en traducción de Manuel Sacristán. Sin querer parecer demasiado pedantesco, quisiera recomendar en este espacio camuflado la deliciosa trilogía teórico-anecdótico-autobiográfica de Genette, compuesta por Bardadrac (2006), Codicille (2009) y Apostille (2012), las tres en la parisina editorial Seuil.
Tomado de El Malpensante